La UNICEF (Organización de las Naciones Unidas para la Infancia) dio a conocer recientemente su informe anual, Estado Mundial de la Infancia 2017, bajo el título Niños en un mundo digital. En esta ocasión, el informe que tradicionalmente aborda temáticas asociadas a la nutrición, salubridad y vulnerabilidad de los niños en los temas más materialmente abordados, ahora se centra en los aspectos positivos pero también negativos que supone actualmente la digitalización de la economía, las relaciones interpersonales, y los afectos incluso.

Aun cuando las posibilidades que ofrece el mundo digital son cada vez más amplias y potencialmente beneficiosas para la humanidad, especialmente para los niños en riesgo de algún tipo –ya sea éste social, por catástrofes, guerras, migraciones-, la nueva realidad puede mostrar su cara más difícil de asumir. Así, según el informe revisa, los posibles efectos van:

Para bien, cuando un niño que vive con parálisis cerebral puede interactuar en igualdad de condiciones, en línea, con otros niños que no lo discriminan por su apariencia o condición.

Para mal, en el caso de “[l]a niña a quien las normas de su familia o de su sociedad prohíben conectarse a internet, y por ello pierde la posibilidad de aprender y relacionarse con amigos.”[1]

Y para peor, cuando “[u]na niña de 8 años en Filipinas [es] obligada a realizar actos sexuales en vivo por un vecino que opera un sitio web de abuso sexual infantil.”[2]

El informe va más allá de estas situaciones individuales, sin embargo, dando cuenta que la tecnología encierra el peligro, ya no potencial sino comprobado, “de incitar a la violencia a una escala masiva que afecta la vida y el futuro de cientos de miles de niños.”[3] Esto, fundamentalmente, a través de las redes sociales.

Es así internet, una herramienta tan potencialmente positiva como negativa, lo que reflejaría y amplificaría “lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.”[4] Aun cuando encierra la posibilidad de servir de asistencia a los niños más marginados del mundo, ayudándoles a desarrollar su potencial, rompiendo los círculos intergeneracionales de la pobreza, y conectándolos con el mundo en definitiva, el acceso digital se está convirtiendo poco a poco en una nueva línea de pobreza, divisoria, sutil, entre quienes tienen acceso y quienes no.

Parte de los resultados interesantes del estudio proviene de una encuesta realizada a través de redes sociales con cerca de 63 mil niños de distintas partes del mundo[5]. Esta indica, entre otras cosas, que lo que menos les gusta de internet es la violencia y el contenido sexual no deseado.

El informe, a través de cinco capítulos, va tocando distintos aspectos de este fenómeno a gran escala. Aborda los diversos desafíos a la vez que revisa las diversas formas en que la vida digital puede dañar y daña efectivamente a niños de todo el mundo. En primer lugar, hace un interesante análisis de cómo la conectividad y los recursos tecnológicos digitales se han introducido en las escuelas, abordando sus fortalezas así como también las debilidades que los propios estudiantes detectan. En un segundo capítulo, aborda las brechas digitales que supone la vida “en línea”, y se las revisa a la luz de un tema muy relevante como es la perpetuación de la desigualdad de género que puede significar el acceso desigual.

Parte de las cuestiones más graves son las que se reportan en el capítulo 3, donde se abordan los daños que puede provocar la vida digital. Así, se toca de manera detallada el ciberacoso, y el abuso y explotación sexuales en línea. Estos dos fenómenos, de los más graves que sufren los niños, niñas y adolescentes hoy en día –y muy presentes en la actualidad-, y las tecnologías de la información han facilitado su ocurrencia, lo que resulta en extremo crítico. Parte de las conclusiones más preocupantes y desesperanzadoras del capítulo dice relación con que los niños más vulnerables a este tipo de situaciones en línea son también los más vulnerables fuera de ella. Entre ellos: “las niñas en general, los niños de hogares pobres, los niños que viven en comunidades con altos niveles de tolerancia a la violencia y el abuso sexual, los niños que no asisten a la escuela, los niños con discapacidades, los niños que sufren depresión o problemas de salud mental y los niños de grupos marginados.”[6] Se replica así la vida que enfrentan a diario los niños en sus casas, barrios y escuelas, en su mundo digital.

En el capítulo 4, el informe aborda quizás uno de los aspectos más novedosos de todo el reporte: el efecto de la tecnología en el cerebro de niños, niñas y adolescentes. En términos simples, el estudio da cuenta que no hay evidencia científica suficiente que corrobore que el uso de la tecnología pos sí sola genere daños fisiológicos. Advierte de hecho que más impacto tendría el tipo de actividades que se realizan en línea que necesariamente el tiempo que se dedica a cada actividad.

Finalmente, da cuenta de las “prioridades digitales” para los diversos Estados del mundo, incluido Chile:

  1. Proporcionar a todos los niños un acceso asequible a recursos en línea de alta calidad.
  2. Proteger a los niños de los daños en línea.
  3. Proteger la privacidad y la identidad de los niños en línea.
  4. Impartir alfabetización digital para mantener a los niños.
  5. Aprovechar el poder del sector privado para promover normas y prácticas éticas que protejan y beneficien a los niños en línea.
  6. Poner a los niños en el centro de la política digital.

 

[1] UNICEF. (2017). Niños en un mundo digital. Estado mundial de la infancia 2017, p. 5.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd., p. 6.

[5] Ver más en https://ureport.in/

[6] Ibíd., p. 80.

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